La obligación y el deseo (de leer) – Juan Domingo Argüelles

Extraído de ¿Qué leen los que no leen? (Paidós, 2003).

La obligación y el deseo

 El fracaso de los programas institucionalizados para la lectura tiene sus causas en ese orden que se pretende imponer sobre una materia que es de suyo opositora, discutidora de todo orden.

La escuela se ha empeñado en meter en cintura, mediante la recompensa y el castigo de la calificación y lo que ha conseguido con ello son estudiantes que en necesidad de sacar un a materia se aplican y se esfuerzan en afirmar lo que el maestro y la escuela quieren oír, para después despegarse de los libros y la lectura que tantas mortificaciones les dieron.

En el fondo los estudiantes acaban cobrándole un profundo rencor a la lectura y aborrecen los libros, lo que ven en un libro y en la lectura es un doloroso rito de pasaje cuyo único beneficio radica en un buen promedio.

 Por medio de lo curricular la escuela ha conseguido alejar eficazmente a los estudiantes del placer de leer.

 En la década de los sesenta, Ivan Illich describió a perfección el problema de la sociedad escolarizada en relación con el proyecto vital del individuo.  El problema es que la sociedad escolarizada todo lo justifica a partir de los valores cuantificados, de forma que hace ver que todo aquello que no es cuantificable resulta en consecuencia ocioso.  Ivan Illich advierte que al ser la escuela la fabrica de educación tendremos que toda la educación que pueda recibirse fuera de la escuela dará la impresión de ser algo espurio, ilegítimo y ciertamente no acreditado.

La diferenciación entre lecturas útiles y lecturas complementarias no hace más que subrayar el desprestigio por todo aquello que no sirve para acceder al mercado de trabajo.  La escuela se convirtió en un paso de preparación para ingresar al centro laboral, que soslaya el sentido humano y la realización íntima del individuo.

 Hasta hace relativamente poco la gente solía identificar la educación con las buenas maneras pero hoy sabemos que las instituciones escolares no venden educación, que no preparan para la vida, sino tan sólo para la competencia laboral.

 La escuela ha generado un nuevo tipo de déspota que identifica el título con el mérito y está convencido de que la capacidad y la habilidad exigidas por el puesto consisten en pasar por encima de los demás.

 Incluso los organismos internacionales insisten que barbarie de quienes no tienen una elevada escolaridad lo que lleva también a concluir que si alguien no lee muchos libros es porque le falta preparación.

 Leer muchos libros no nos asegura sabiduría, comprensión, sensibilidad, simpatía o inteligencia.  En su libro “Perdóname, ortodoxos”, Fernando Savater escribe que conoce a hombres totalmente carentes de espíritu en el sentido fuerte de la expresión, que han leído muchísimo, mientras que hay personas que no lo han hecho y que han alcanzado el don de la serenidad.

En un exceso cultural que conduce a hipérboles literarias no comprendidas en su verdadera significación poética acaba por no entenderse que los libros son sólo un sucedáneo de la vida y que resulta triste la actitud que horrorizaba a Schopenhauer, de quien prefiere un remedo de la vida a la vida misma.  Esta es lo que llama también la ignorancia de los doctos el gran ensayista inglés William Hazzlitt.

 Lo que Savater llama el ansia de la cultura acumulativa incansablemente promocionada, y hasta exigida, por la pedagogía vigente.  Ante ello Savater nos señala que por mucho que nos enseñen a ser, la educación seguirá siendo guardiana de la formación como aprendizaje de cosas aceptadas socialmente, el único modo de encauzar la competitividad en pos de los puestos de trabajo económicamente jerarquizados.

 De esta forma, en el sistema escolar nunca se debe preguntar más de lo que ya tiene respuesta prevista.  A fin de cuentas de lo que se trata es de estar al tanto de todo aquello que distrae de lo esencial, de todo aquello que ocupa el espíritu sin arriesgarlo.

 Mark Twain nos hablaba acerca de sus años escolares y los llamaba el lento sufrir en la escuela.

Cuando la lectura placentera cae en el rango de lo complementario lo importante es todo aquello que nos ayude en la superación, el crecimiento intelectual y el placer se cataloga como tiempo perdido.

 Illich dijo que una vez que los jóvenes han permitido que sus imaginaciones sean formadas por la instrucción curricular, aprenden que todo puede medirse y llegan a valorar sólo aquello que ha sido fabricado o que se puede fabricar.

 Raoul Vaneigem nos menciona que lo que esta en juego es la reestructuración radical de la sociedad y la única riqueza del hombre: se creatividad.

 La escuela lleva la marca sensible de una factura en el proyecto humano, pues sólo así puede entenderse que la obligación haya sustituida al deseo.

 La verdadera riqueza del ser humano, piensa Vaneigem, es la capacidad de volverse a crear recreando al mundo, y como Wiliam Shakespeare escribe en su obra de Romeo y Julieta El amor corre hacia el amor, como los escolares huyen de los libros; más el amor abandona el amor, entristecido, como quien va a la escuela.

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