Sobre la educación IV – John Taylor Gatto

Traducción extraída de la web:

http://historiasecretadelsistemaeducativo.weebly.com/

El arte de conducir

Ahora volvamos al presente mientras demuestro que la misma confianza puesta en la gente ordinaria hace doscientos años aún sobrevive cuando le viene bien permitirlo a los gestores de nuestra economía. Considere el arte de conducir, que aprendí a la edad de once años. Si no estuviera todo el mundo sobre ruedas nuestro modelo económico sería imposible, por tanto todo el mundo lo está, a pesar del cociente intelectual. Con menos de treinta horas de formación y experiencia combinadas, a cien millones de personas se les permite el acceso a armas rodantes más letales que pistolas o rifles. Se las deja sueltas sin profesor, por decirlo así. ¿Por qué nuestro gobierno hace tales presunciones de competencia, al poner confianza casi incondicional en los conductores, mientras mantiene un tan estrecho control sobre la escolarización casi monopolizada por el Estado?

Una analogía ilustrará lo radical que es realmente esta confianza. ¿Y si propusiera entregar tres cartuchos de dinamita y un detonador a cualquiera que los solicitara? Todo lo que necesitaría un solicitante es dinero para pagar los explosivos. Usted tendría que ser idiota para estar de acuerdo con mi plan, al menos si se basa en las suposiciones que asimiló en la escuela sobre la naturaleza y la competencia humana.

Y sin embargo la gasolina, un explosivo espectacularmente dañino, peligrosamente inestable y con la fascinante característica como arma de asalto de que puede fluir por debajo de puertas cerradas y saturar prendas a prueba de balas, está disponible para cualquiera que tenga un recipiente. Cinco galones de gasolina tienen el poder destructivo de un cartucho de dinamita. El depósito medio es de quince galones, y sin embargo no es necesaria ninguna verificación de antecedentes para el distribuidor ni para el cliente. Mientras la gasolina esté disponible libremente, el control de armas de fuego está de más. Piense. ¿Por qué permitimos el acceso a una sustancia portátil capaz de incinerar casas, hacer arder teatros atestados, o incluso convertir rascacielos en infiernos? Ni siquiera hemos considerado el coche como ariete: ¿por qué se permite a conductores novatos controlar una tonelada de metal capaz de lanzarse a través de pasos de peatones delante de una escuela hasta a dos millas por minuto? ¿Por qué damos el poder de la vida o de la muerte de esa manera a todo el mundo?

Debería impresionarle inmediatamente el hecho de que nuestras suposiciones implícitas sobre la naturaleza humana son totalmente erróneas. Casi todo el mundo es competente y responsable: el uso universal del automóvil lo demuestra. La eficiencia de los vehículos de motor como instrumento terrorista podría haber escrito hace tiempo un récord trágico si la gente estuviera inclinada al terrorismo. Pero casi todas las desgracias son accidentes, y si bien hay muchas, la proporción real de desgracias comparada con la formidable cantidad de posibilidades de accidente es bastante pequeña. Sé que es difícil aceptar esto, porque el espectro del terrorismo global es una historia de portada favorita de los gobiernos, pero la verdad es fundamentalmente diferente del cuento que se vende al público. De acuerdo con el Departamento de Estado de los Estados Unidos, 1995 fue un año casi récord para crímenes terroristas: sólo vio trescientos en todo el mundo (doscientos a manos de los Tigres Tamiles en Sri Lanka) comparados con las cuatrocientas mil muertes relacionadas con el tabaco sólo en los Estados Unidos. Cuando consideramos nuestras suposiciones sobre la naturaleza humana, que mantienen a los niños en una condición de confinamiento y de opciones limitadas, necesitamos reflexionar en la conducción y en cosas como el casi inexistente terrorismo global.

Fíjese en lo rápido que aprende la gente a conducir bien. El fallo precoz se corrige eficientemente, normalmente autocorregido, porque la terrorífica motivación de seguir vivo y de una pieza guía la mejora de la conducción. Si las grandes teorías de Comenius y Herbart sobre aprendizaje por revelación incremental, o esas reglas de niñera de siempre de Owen, Maclure, Pestalozzi y Beatrice Webb, o esas peticiones de precisión en la clasificación humana de Thorndike y Hall, o esas matizadas intervenciones de Yale, Stanford y del Colegio de Maestros de Columbia fueran realmente tan necesarias como aseguran sus proponentes, este milagro libertario de la conducción sería insondable.

Considere ahora el componente intelectual de la conducción. No es simplemente coordinación mano-ojo-pie. Los conductores novatos hacen docenas, no, cientos de continuas hipótesis, planes, cálculos y juicios cuidadosamente ajustados cada día que conducen. Hacen esto hábilmente, sin ser clasificados, porque si no lo hacen, existen medidas orgánicas de castigo en el universo automovilístico. No hay tribunal de apelación a tu propia estupidez en la carretera.

Podría seguir: piense en la autorización, mantenimiento, almacenamiento, adaptación de la máquina y del conductor a las condiciones diarias y de las estaciones. Analizada cuidadosamente, la conducción es un milagro tan impresionante como andar, hablar o leer, pero esto sólo muestra la debilidad inherente del análisis desde que sabemos que casi todo el mundo aprende a conducir bien en pocas horas. La manera como éramos los norteamericanos, aprendiendo todo, rompiendo barreras de clase social, es la manera en que podríamos volver a ser sin la escolarización obligatoria. La conducción demuestra eso para mí.

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