Vampirismo – Marie France Hirigoyen

Marie France Hirigoyen, El Acoso Moral, 1999.

La víctima no existe en tanto que persona, sino en tanto que soporte de una cualidad de la que el perverso intenta apropiarse. Los perversos se alimentan con la energía de los que padecen su encantamiento. Intentan apropiarse del narcisismo gratificador del otro invadiendo su territorio psíquico.

El problema del perverso narcisista es que tiene que remediar de algún modo su vaciedad. Para no tener que afrontar esta vaciedad (lo cual supondría su curación), el Narciso se proyecta sobre su contrario. Se vuelve perverso en el primer sentido del término: se desvía de su vacío (mientras que el no perverso afronta ese vacío). De ahí su amor y su odio hacia la personalidad maternal, la figura más explícita de la vida interior. El Narciso necesita la carne y la sustancia del otro para llenarse. Pero es incapaz de alimentarse con esa sustancia carnal, pues ni siquiera dispone de un inicio de sustancia que le permita acoger, agarrar y hacer suya la sustancia del otro. Esta sustancia termina por convertirse en un peligroso enemigo, pues no hace más que revelarle su propio vacío.

 Los perversos narcisistas sienten una envidia muy intensa hacia los que parecen poseer cosas que ellos no poseen o hacia los que simplemente gozan de la vida. La apropiación puede ser social; por ejemplo, cuando seducen a un compañero que les introduce en un medio social que envidian: alta burguesía, medio intelectual o artístico… El beneficio de esta operación resulta de poseer un compañero que facilita el acceso al poder.

Luego, atacan la autoestima y la confianza en sí mismo del otro para aumentar su propio valor. Se apropian del narcisismo del otro.

Por razones que dependen de su historia en los primeros estadios de la vida, los perversos no han podido realizarse. Observan con envidia cómo otros individuos disponen de lo necesario para realizarse. Pero no se cuestionan, e intentan destruir la felicidad que pueda pasar cerca de ellos. Prisioneros de la rigidez de sus defensas, intentan destruir la libertad. Al no poder gozar plenamente de sus propios cuerpos, intentan impedir el goce del cuerpo de los demás, incluso el de sus propios hijos. Al ser incapaces de amar, procuran destruir con su cinismo la simplicidad de una relación natural.

Para aceptarse a sí mismos, los perversos narcisistas tienen que vencer y destruir a alguien al tiempo que se sienten superiores. Disfrutan con el sufrimiento de los demás. Para afirmarse, tienen que destruir.

Hay en ellos una exacerbación de la función crítica que les conduce a pasar el tiempo criticándolo todo y a todo el mundo. De este modo, se mantienen en su omnipotencia: «¡Si los demás son una nulidad, forzosamente yo soy mejor que ellos!».

La envidia y la finalidad de la apropiación son el motor del núcleo perverso.

La envidia es un sentimiento de codicia, de irritación rencorosa, que se desencadena a raíz de la visión de la felicidad y las ventajas del otro. Es una mentalidad inicialmente agresiva que se funda en la percepción de lo que el otro posee y uno no. Esta percepción es subjetiva, y puede llegar a ser delirante. La envidia comporta dos polos: por un lado, el egocentrismo y, por otro, la mala intención, que se basa en las ganas de perjudicar a la persona envidiada. Esto presupone un sentimiento de inferioridad en relación con esa persona que posee lo que uno codicia. El envidioso lamenta ver cómo el otro posee ciertos bienes materiales o morales, y desea destruirlos antes que adquirirlos. Si los adquiriera, no sabría qué hacer con ellos. No tiene los recursos necesarios para ello. Para vencer la distancia que lo separa del objeto codiciado, el envidioso se conforma con humillar al otro y envilecerlo. El otro adopta de este modo los rasgos de un demonio o de una bruja.

Lo que el perverso envidia por encima de todo es la vida de los demás. Envidia los éxitos ajenos, que le hacen afrontar su propia sensación de fracaso. Pero no se muestra más contento con los demás que consigo mismo; jamás considera que algo funcione, todo resulta complicado, y todo es una prueba. Los perversos imponen a los demás su visión peyorativa del mundo y su insatisfacción crónica ante la vida. Desbaratan cualquier entusiasmo que se pueda producir a su alrededor e intentan demostrar antes que nada que el mundo es malvado, que los otros son malvados y que su propio compañero es malvado. Con su pesimismo, van arrastrando al otro hasta que lo sumen en un registro depresivo, y luego se lo reprochan.

Los deseos y la vitalidad de los demás les señalan sus propias carencias. También encontramos en ellos esa envidia, compartida por tantos seres humanos, del vínculo privilegiado que la madre mantiene con su hijo. Ésta es la razón por la cual, las más de las veces, eligen a sus víctimas entre las personas que se muestran más llenas de energía y que saben gozar de la vida, como si intentaran acaparar una parte de su fuerza. La sumisión y la servidumbre de sus víctimas a las exigencias de sus deseos, así como la dependencia que ellos mismos crean, suponen para ellos una prueba irrefutable de la realidad de su apropiación.

La apropiación es la continuación lógica de la envidia. Los bienes a los, que nos referimos son rara vez bienes materiales. Son cualidades morales difíciles de robar: alegría de vivir, sensibilidad, comunicación, creatividad, dones musicales o literarios… Cuando la víctima expresa una idea, las cosas suceden de tal modo que la idea formulada deja de ser suya y pasa a pertenecer a su agresor. Si el envidioso no se hallara cegado por el odio, podría aprender a adquirir una parte de esos dones a través de una relación de intercambio. Pero ello presupondría una modestia que el perverso no tiene.

Los perversos narcisistas se apropian de las pasiones del otro en la medida en que sienten pasión por ese otro o, más exactamente, se interesan por ese otro en la medida en que detenta algo que les podría apasionar. Así, podemos ver cómo muestran un gran corazón y, a continuación, unos desaires brutales e irremediables. Los que lo presencian no entienden muy bien cómo alguien puede poner por las nubes a una persona un día y destrozarla al día, siguiente, sin que aparentemente ninguna queja o reproche medie entre ambas cosas. Los perversos absorben la energía positiva de quienes los rodean, y se alimentan y se regeneran con ella. Y luego vuelcan sobre ellos toda su energía negativa.

La víctima les proporciona muchas cosas, pero no son nunca suficientes. Al no estar nunca satisfechos, los perversos narcisistas adoptan siempre la posición propia de la víctima, y consideran que la madre (o bien el objeto sobre el que han proyectado a su madre) es siempre la responsable de su situación. Los perversos agreden al otro para salir de la condición de víctima que conocieron en su infancia. En las relaciones que establecen, esta actitud de víctima les sirve para seducir a aquellas personas que pretenden consolar o reparar, antes de arrinconarlas en una posición de culpabilidad. Cuando tienen que separarse, los perversos se presentan como víctimas que han sido abandonadas. Esto les asegura el mejor papel y les permite seducir a un nuevo compañero consolador.

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