Acoso moral – Marie France Hirigoyen

Marie France Hirigoyen, El Acoso Moral, 1999.

(…) Las víctimas se pueden quejar a veces de sus compañeros o de sus círculos de relaciones, pero no suelen tener conciencia de la existencia de esta temible violencia subterránea, y no se atreven a quejarse de ella. La confusión psíquica que se instaura previamente puede hacer olvidar, incluso al terapeuta, que se trata de una situación de violencia objetiva. El punto en común de todas estas situaciones es que son indecibles: la víctima, aunque reconozca su sufrimiento, no se atreve realmente a imaginar que ha habido violencia y agresión. A veces, duda: «¿No seré yo quien inventa todo esto, como algunos me lo sugieren?». Cuando se atreve a quejarse de lo que ocurre, tiene la sensación de describirlo mal y, por lo tanto, de que no la comprenden.

He elegido utilizar los términos agresor y agredido a propósito, pues se trata de una violencia probada, aunque se mantenga oculta, que tiende a atacar la identidad del otro y a privarlo de toda individualidad. Estamos ante un proceso real de destrucción moral que puede conducir a la enfermedad mental o al suicidio. Conservaré igualmente la denominación de «perverso» porque remite claramente a la noción de abuso, que está presente en todos los perversos. Las cosas empiezan con un abuso de poder, siguen con un abuso narcisista, en el sentido de que el otro pierde toda su autoestima, y pueden terminar a veces con un abuso sexual.

(…) Los pequeños actos perversos son tan cotidianos que parecen normales. Empiezan con una sencilla falta de respeto, con una mentira o con manipulación. Pero sólo los encontramos insoportables si nos afectan directamente. Luego, si el grupo social en el que aparecen no reacciona, estos actos se transforman progresivamente en verdaderas conductas perversas que tienen graves consecuencias para la salud psicológica de las víctimas. Al no tener la seguridad de que serán comprendidas, las víctimas callan y sufren en silencio.

Esta destrucción moral existe desde siempre, tanto en las familias, en las que se mantiene oculta, como en la empresa, donde las víctimas, en épocas de pleno empleo, se acomodaban a ella porque tenían la posibilidad de marcharse. Hoy en día, las víctimas se aferran desesperadamente a su lugar de trabajo en detrimento de su salud física y psíquica.

(…) La dificultad de las transcripciones clínicas estriba en que cada palabra, cada entonación y cada alusión tienen su importancia. Todos los detalles, tomados aisladamente, parecen anodinos, pero su conjunto crea un proceso destructor. La víctima es arrastrada a ese juego mortífero y ella misma puede reaccionar a su vez de un modo perverso, pues cada uno de nosotros puede utilizar este tipo de relación con un objetivo defensivo. Esto es lo que conduce a hablar, erróneamente, de la complicidad de la víctima con su agresor.

 En el transcurso de mi práctica clínica he visto cómo un mismo individuo perverso tendía a reproducir su comportamiento destructor en todas las circunstancias de su vida —en su lugar de trabajo, con su pareja y con sus hijos—, y es esta continuidad de comportamiento lo que quiero subrayar. Así, existen individuos que tapizan su trayectoria con cadáveres o muertos vivientes. Y esto no les impide dar el pego ni parecer totalmente adaptados a la sociedad.

(…) Cuando el proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es difícil, que tiene mal carácter, o que está loca. Se considera que su personalidad es la responsable de las consecuencias del conflicto, y la gente se olvida de cómo era antes o de cómo es en otro contexto. Una vez que a la víctima se la saca de sus casillas, no es extraño que se convierta en lo que pretenden convertirla. Una persona acosada no puede rendir al máximo de sus posibilidades. Presta menos atención, se muestra ineficaz y da pie a que se critique la calidad de su trabajo. Llegados a este punto, a sus compañeros les resulta fácil separarse de ella, dada su incompetencia o su falta de profesionalidad.

El caso particular de los paranoicos leves que se hacen pasar por víctimas no debería enmascarar la existencia de verdaderas víctimas del acoso. Los primeros son individuos tiránicos e inflexibles que entran fácilmente en conflicto con las personas que los rodean, que no aceptan ninguna crítica y que se sienten fácilmente rechazados. Se hallan lejos de ser víctimas verdaderas, y más cerca de erigirse en eventuales agresores, y se pueden identificar por su rigidez de carácter y porque no se sienten nunca culpables.

(…)  Los conflictos entre compañeros son difíciles de gestionar y, en este punto, las empresas suelen mostrarse torpes. El apoyo de un superior contribuye fácilmente a reforzar el proceso: ¡los cotilleos hablan de favoritismo y de favores sexuales!

 En la mayoría de las ocasiones, la incompetencia de los directivos intermedios refuerza el proceso. Muchos de ellos no son propiamente directivos. En un equipo, se designa como responsable al que resulta más competente en el terreno profesional, y no al que tiene más aptitudes para dirigir. Muchos responsables ignoran el modo de animar a un equipo, aun cuando sean muy competentes en otros asuntos, y no son conscientes de los problemas humanos que están bajo su responsabilidad. Además, si alguna vez son conscientes de ellos, suelen temerlos y no saben cómo intervenir. Esta incompetencia es un factor agravante del proceso de acoso, pues, cuando los agresores son compañeros de trabajo, el primer punto de socorro debería ser el responsable jerárquico o el escalafón superior. Si no se da un clima de confianza, es imposible pedir ayuda a un superior. Cada cual tiende a atrincherarse detrás de los demás, ya sea por incompetencia, por indiferencia o por cobardía.

(…) Para mantener el poder y controlar al otro, se utilizan maniobras anodinas que cada vez se vuelven más violentas, siempre y cuando el empleado las resista. Inicialmente, se procura desbaratar su sentido crítico hasta que no separa quién tiene razón y quién no. Se le somete al estrés, se le riñe, se le vigila, se le cronometra para que esté continuamente en vilo y, sobre todo, no se le cuenta nada que pudiera permitirle comprender lo que ocurre. El asalariado es acorralado. Tolera cada vez más cosas, pero no llega nunca a decir que la situación es insoportable. Sean cuales fueren el punto de partida y los agresores, el proceder es siempre el mismo: el problema no se nombra, pero alguien actúa de forma solapada para eliminar a una persona en lugar de buscar una solución. El grupo amplifica este proceso, pues el perverso lo utiliza como testimonio o incluso como activo participante en el fenómeno.

El acoso en la empresa atraviesa luego distintas etapas que comparten un punto en común: la negación de la comunicación.

(…) La agresión no tiene lugar abiertamente —lo cual permitiría replicar—, sino de un modo soterrado, en el registro de la comunicación no verbal: suspiros exagerados, encogerse de hombros, miradas de desprecio, o bien silencios, insinuaciones, alusiones desestabilizadoras o malintencionadas, observaciones descorteses… Al poner en tela de juicio todo lo que la víctima dice y hace, se la conduce progresivamente a dudar de sus propias competencias profesionales.

En la medida en que estas agresiones son indirectas, resulta más difícil defenderse. ¿Cómo describir una mirada cargada de odio? ¿Cómo hablar de cosas que se sobreentienden o se silencian? La misma víctima tiene a veces dudas sobre sus propias percepciones. No sabe a ciencia cierta si está o no exagerando lo que siente. Se la conduce a dudar de sí misma. A poco que estas agresiones se añadan a una falta de confianza del asalariado, éste perderá completamente la confianza en sí mismo y renunciará a defenderse.

(…) Las bromas, las burlas y los sarcasmos también pueden contener críticas indirectas. El agresor siempre puede decir a continuación: «Si no es más que una broma, ¡nadie ha muerto nunca de una broma!». El lenguaje se pervierte. Cada palabra oculta un malentendido que se vuelve contra la víctima elegida.

(…) Estas maniobras provienen de compañeros envidiosos que consideran que la manera más fácil de salir de una situación embarazosa es hacer recaer la culpa sobre otra persona, o las encontramos en directivos que creen que la crítica incesante y la humillación motivan a sus asalariados.

Cuando la víctima no puede más, y se exaspera o se deprime, su misma reacción se convierte en un justificante del acoso: «¡No me sorprende nada; esta persona está loca!».

(…) Un medio muy hábil de descalificar a alguien consiste en inducirle a error con el fin de poder criticarlo o rebajarlo, pero también para que tenga una mala imagen de sí mismo. Mediante una actitud de desprecio o de provocación, es muy fácil producir, en alguien impulsivo, la ira o un comportamiento agresivo que todo el mundo pueda ver. Luego, se puede decir: «¿Habéis visto? Éste está completamente loco; altera el ambiente laboral».

(…) El objetivo de un individuo perverso es acceder al poder o mantenerse en él —para lo cual utiliza cualquier medio—, o bien ocultar su propia incompetencia. Para ello, necesita desembarazarse de todo aquel que pueda significar un obstáculo para su ascensión, y de todo aquel que pueda ver con demasiada lucidez sus modos de obrar. No se contenta con atacar a alguien frágil, como ocurre en el caso del abuso de poder, sino que crea la misma fragilidad a fin de impedir que el otro pueda defenderse.

(…) El miedo genera conductas de obediencia, cuando no de sumisión, en la persona atacada, pero también en los compañeros que dejan hacer y que no quieren fijarse en lo que ocurre a su alrededor. Es el reino del individualismo y del «allá se las componga cada cual». Los compañeros temen que, al mostrarse solidarios, se los estigmatice, y tienen miedo de que se los incluya en la próxima lista de despidos. En una empresa, no hay que producir oleaje. Hay que tener el espíritu de la casa y no mostrarse muy diferente.

(…) Si se resiste, hay que aislarlo. No se le saluda, no se le mira, se ignoran sus sugerencias y se rechaza cualquier contacto con él. Luego vienen las observaciones hirientes y descorteses, y si con ello no basta, se da paso a la violencia.

Cuando la víctima reacciona e intenta rebelarse, la maldad latente cede su lugar a una hostilidad declarada. Se inicia entonces una fase de destrucción moral que se ha llegado a denominar psicoterror. A partir de ese momento, todos los medios son buenos para derribar a la persona en cuestión, inclusive la violencia física. Esto puede provocar una anulación psíquica de la víctima, o su suicidio. En este tipo de violencia, el agresor —que únicamente persigue la ruina de su víctima— pierde de vista el interés de la empresa.

(…)Ningún especialista discute que, en los grupos que trabajan sometidos a una gran presión, los conflictos nacen más fácilmente. Las nuevas formas de trabajo, que persiguen mejorar los resultados de las empresas sin tener en cuenta el factor humano, generan tensión y crean así las condiciones favorables para la aparición de la perversidad.

(…) En general, los observadores externos no perciben el dominio. Pueden incluso negar determinadas evidencias. A los que no conocen el contexto y, por lo tanto, no pueden detectar segundas intenciones, las alusiones no les parecen desestabilizadoras. Se puede iniciar así un proceso de aislamiento. La víctima ya ha sido acorralada en una posición defensiva, y esto la conduce a comportarse de un modo que irrita a sus allegados. Éstos empiezan a verla como una persona desabrida, quejumbrosa y obsesiva. En cualquier caso, ha perdido su espontaneidad. La gente no termina de comprender qué ocurre, pero se ve arrastrada a juzgar negativamente a la víctima.

(…) El agresor niega la existencia del reproche y la existencia del conflicto. Con ello, paraliza a la víctima, pues sería absurdo que ésta se defendiera de algo que no existe. El mismo hecho de negarse a nombrar lo que ocurre, a discutir, a encontrar conjuntamente soluciones, es lo que perpetra la agresión. Si hubiera un conflicto abierto, cabría la posibilidad de discutir y de encontrar una solución. Pero, en el registro de la comunicación perversa, por encima de todo hay que impedir que el otro piense, comprenda o reaccione. Rechazar el diálogo es una hábil manera de agravar el conflicto haciéndolo recaer completamente en el otro. A la víctima se le niega el derecho a ser oída. Al perverso no le interesa su versión de los hechos, y se niega a escucharla.

(…) Otro procedimiento verbal habitual en los perversos es el de utilizar un lenguaje técnico, abstracto y dogmático que obliga a su interlocutora considerar cosas de las que no entiende nada y sobre las cuales no se atreve a preguntar por miedo a parecer imbécil.

Este discurso frío y puramente teórico impide que el que escucha pueda pensar y, por lo tanto, reaccionar. El perverso, al hablar de una forma muy docta, da la impresión de saber, aunque esté diciendo cualquier nimiedad. Impresiona a su auditorio con una erudición superficial, y utiliza palabras técnicas sin preocuparse del significado que puedan tener. Su interlocutor, más tarde, pensará: «¡Me estaba tomando el pelo; no entiendo cómo no he reaccionado!».

(…)Se trata de jugar con ventaja en el intercambio verbal. Un procedimiento excesivamente directo haría que el interlocutor denunciara el autoritarismo de su agresor. Por el contrario, las técnicas indirectas desestabilizan y hacen que el interlocutor tenga dudas sobre la realidad de lo que acaba de ocurrir.

Otro tipo de mentira indirecta se basa en contestar de un modo impreciso, con evasivas, o mediante un ataque en forma de broma.

(…)El trastorno que se provoca en la víctima es una consecuencia de la confusión permanente entre la verdad y la mentira.

(…)En suma, para desestabilizar al otro, basta con:

 —burlarse de sus convicciones, de sus ideas políticas y de sus gustos;

—dejar de dirigirle la palabra;

—ridiculizarlo en público;

—ofenderlo delante de los demás;

—privarlo de cualquier posibilidad de expresarse;

—hacer guasa con sus puntos débiles;

—hacer alusiones desagradables, sin llegar a aclararlas nunca;

—poner en tela de juicio sus capacidades de juicio y de decisión.

(…) Se puede decir algo e, inmediatamente, rectificar. Queda un rastro de duda: «¿Ha querido decir lo que decía, o lo estoy interpretando todo al revés?». Si la víctima intenta aclarar sus dudas, acaban calificándola de paranoica y acusándola de que todo lo entiende al revés.

(…)A diferencia de lo que ocurre en los conflictos normales, con un perverso narcisista no se produce un verdadero combate, por lo que tampoco resulta posible la reconciliación. No levanta nunca la voz y manifiesta únicamente una hostilidad fría. Si alguien se la señala, la niega. Una vez que su compañero se exaspera o grita, resulta fácil burlarse de su ira y ridiculizarlo.

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