CONFÍA EN TI MISMO – Ralph Waldo Emerson

 Ralph Waldo Emerson (1803 – 1882) – Confía en ti mismo

(…) Un muchacho está en un salón como una butaca en un teatro: independientemente, irresponsable, mirando desde su rincón las cosas y las personas que pasan ante su vista, las juzga y las sentencia conforme a sus méritos, del modo rápido y sumario de los muchachos, calificándolas de buenas, malas, interesantes, tontas, elocuentes o aburridas. No se doblega nunca ante las consecuencias ni ante los intereses; da un veredicto independiente y auténtico. Tendrás que hacerle la corte; el no te la hace. Pero el hombre está en el calabozo, digámoslo así, por su conciencia. Tan pronto como ha actuado o hablado de manera patente, se convierte en una persona comprometida, vigilada por la simpatía o el odio de centenares de seres, cuyas impresiones ha de tener en cuenta en adelante.

(…) En todas partes la sociedad conspira contra la hombría de sus miembros. La sociedad es una compañía por acciones, cuyos miembros deciden sacrificar la libertad y la cultura del accionista para asegurar el pan de cada partícipe. La virtud más exigida es la conformidad. La confianza en sí mismo es su aversión. No quiere realidades ni creadores, sino nombres y usos. (quién es y para qué sirve). Quien aspire a ser hombre tiene que ser no conformista. Quien desee ganar las palmas inmortales no debe detenerse ante el nombre del bien, debe de explorar si en efecto es el verdadero bien.

(…) Vuestra bondad debe tener alguna espina, o no es nada. La doctrina del odio debe predicarse en oposición a la doctrina del amor cuando éste gime y lloriquea. Abandono padre, madre, esposa y hermano cuando mi genio me llama. (…) Hay una clase de personas a las que estoy ligado por toda la afinidad espiritual; por ellas iré a la cárcel, si es necesario; pero vuestras diversas caridades populares; la educación en un colegio de necios; la construcción de lugares de reunión para el vano fin a que muchas se dedican ahora; las limosnas a los tontos y a los millares de sociedades de socorro (aunque confieso con vergüenza que a veces sucumbo y doy el duro); éste es un duro maldito que poco a poco tendré la hombría de negar.
(…) La razón por la que no debemos conformarnos con usos que están muertos para nosotros, es que disipan nuestras fuerzas. Nos hacen perder el tiempo y borran el sello de nuestro carácter. Si sostienes una iglesia sin vida; si contribuyes a mantener una sociedad bíblica muerta; si votas con un gran partido, ya sea en pro o en contra del gobierno; si pones tu mesa como un hospedero vulgar, me será difícil percibir claramente, a través de todas esas pantallas, qué clase de hombre eres. Y naturalmente, ello equivale a otra tanta fuerza sustraída a tu propia vida. Pero haz tu obra y te conoceré. Haz tu obra y te fortalecerás.

(…) Hay un hecho, mortificante en lo particular, que no deja de cumplirse en la historia general. Me refiero a la “estúpida cara del elogio”, a la sonrisa forzada que fingimos en una sociedad donde no nos encontramos a nuestras anchas, para sostener una conversación que no nos interesa. Los músculos del rostro, movidos, no de modo espontáneo, sino por voluntad usurpadora, se ponen tirantes con la sensación más desagradable.

(…) Reprimid esta falsa hospitalidad y el falso efecto. No viváis para seguir satisfaciendo lo que esperan de vosotros esas gentes engañadas y engañosas con que nos relacionamos. Decidles: ¡Oh padre, oh madre, oh esposa, oh hermano, oh amigo!, hasta aquí he vivido con vosotros, conforme a la apariencia. De aquí en adelante, pertenezco a la verdad. Que se sepa que de ahora en adelante no obedeceré más ley que la eterna. No quiero tener convenios, sino vecindades. Trataré de alimentar a mis padres, de sostener a mi familia, de ser el marido fiel de una mujer; pero estas obligaciones las cumpliré de un modo nuevo y sin precedentes. Me aparto de vuestros usos.

(…) Pronto amaréis lo que prescribe vuestra naturaleza, lo mismo que la mía, y si seguimos a la verdad, ella nos llevara a lugar seguro.

Pero de ese modo podéis causar dolor a estos amigos. Sí; pero yo no puedo vender mi libertad y mi poder para ahorrarles ese dolor. Además, todas las personas tienen horas de lucidez cuando se elevan a la región de la verdad absoluta; entonces me darán la razón y me imitarán.

(…) Si nuestros jóvenes no aciertan en sus primeras empresas, pierden todo ánimo. Si un joven comerciante fracasa, la gente dice que está arruinado. Sí el genio más brillante estudia en uno de nuestros colegios y al año siguiente no está colocado en una oficina en las ciudades o arrabales de Boston o Nueva York, les parece a sus amigos y a él mismo que tiene motivos para sentirse desalentado y para estarse lamentando el resto de su vida. El mozo resuelto de New Hampshire o Vermont, que ensaya sucesivamente todas las profesiones, que es gañan, colono, buhonero, que monta una escuela, predica, edita un periódico, va al Congreso, compra unos terrenos públicos, y así sucesivamente, y cae siempre de pie, como un gato, vale por cien de estos muñecos de ciudad. Marcha de frente con su época y no se avergüenza de no “haber estudiado una profesión”, pues no deja su vida para después, sino que vive ya. No tiene una sola oportunidad, sino cientos de ellas. Que un estoico muestre los recursos del hombre y les diga que no son sauces llorones, sino que pueden y deben marchar solos.

(…) Pero el ansia de viajar es síntoma de un mal más profundo que afecta a toda la acción intelectual. El intelecto es vagabundo y nuestro sistema educativo alimenta la inquietud. Nuestras mentes viajan cuando nuestros cuerpos se ven obligados a permanecer en casa. Imitamos; y ¿qué es la imitación sino el viajar de la mente? Nuestras casas se construyen conforme a gustos extranjeros; nuestras estanterías están adornadas con adornos extranjeros; nuestras opiniones, nuestros gustos, nuestras facultades, se apoyan y siguen al Pasado y al Distante. El alma creó las artes dondequiera que han florecido. Era en su propia mente donde el artista buscaba su modelo.

Era una aplicación de su pensamiento a la cosa que había de ejecutarse y a las condiciones que debía cumplir.

Y ¿qué necesidad tenemos de copiar el modelo dórico o el jónico? La belleza, la oportunidad, la grandeza de pensamiento, la expresión justa, están a nuestro alcance, lo mismo que al de cualquier otro, y si el artista estudia con esperanza y amor lo que ha de hacer, si tiene en cuenta el clima, el suelo, la duración del día, las necesidades de las gentes, las costumbres y la forma de gobierno, creará una cosa que reúna todas las condiciones apetecidas y satisfaga a la par el gusto y el sentimiento.
Afirmad vuestra personalidad; no imitéis jamás.

Nuestras facultades pueden mostrarse a cada paso con una fuerza acumulada por el ejercicio de toda una vida, pero de la habilidad tomada de otro no tenéis sino una posesión extemporánea, una semiposesión. Lo que cada cual puede hacer mejor, nadie excepto su Hacedor, puede enseñárselo. Nadie sabe lo que eres, ni puede saberlo, hasta que lo hayas mostrado. ¿Dónde esta el maestro que enseño a Shakespeare? ¿Dónde el que enseño a Franklin, a Washington, a Bacon, a Newton? Todo gran hombre es único. El escipionismo de Escipión es precisamente lo que no podía tomar de otro. No se hará nunca un Shakespeare mediante el estudio de Shakespeare.

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