SOBRE EL ESCOLAR – Ralph Waldo Emerson

El hombre que piensa no ha de estar sometido a sus instrumentos. Los libros son para el momento de ocio escolar.

Las universidades, de igual modo, tienen su cometido indispensable: enseñar lo elemental. Pero sólo pueden servirnos de un modo superior cuando no tratan de inculcar, sino de crear.

Este país enseña a dirigirse a objetos nimios, a devorarse a sí mismo. No hay trabajo más que para el mojigato y el complaciente.

Paciencia, paciencia; con las sombras de todo lo bueno y grande por compañía, por solaz la perspectiva de nuestra vida infinita y como trabajo el estudio y la comunicación de los principios, hasta lograr que prevalezcan esos instintos, la conversión del mundo.

Ralph Waldo Emerson (1803 – 1882)

El hombre que piensa no ha de estar sometido a sus instrumentos. Los libros son para el momento de ocio escolar. Cuando puede leer a Dios directamente, la hora es demasiado preciosa para perderla en transcripciones de las lecturas de otros. Pero cuando se producen los intervalos de oscuridad, que no faltan nunca, cuando el alma no se ve, cuando el sol se esconde y las estrellas no brillan, recurrimos a las lámparas encendidas para que sus rayos nos guíen de nuevo hacia el este, por donde amanece. Oímos para poder hablar. El proverbio árabe dice: “Una higuera frente a otra higuera da sus frutos”.

Por supuesto, hay una cantidad de lecturas indispensables para un sabio. Debe aprender la historia y las ciencias mediante una laboriosa lectura. Las universidades, de igual modo, tienen su cometido indispensable: enseñar lo elemental. Pero sólo pueden servirnos de un modo superior cuando no tratan de inculcar, sino de crear; cuando reúnen de lejos cada rayo de genios diversos en sus hospitalarias aulas y, concentrando el fuego, encienden el corazón de sus jóvenes, El pensamiento y el conocimiento son naturalezas en las que el aparato y la pretensión no sirven de nada. Las togas, y las fundaciones pecunarias, aunque en ciudades de oro, no valen lo que la menor sentencia o sílaba de ingenio. Olvidaos de eso y todas nuestras universidades americanas retrocederán en importancia pública mientras se hacen más ricas cada día.

He hablado de la educación del escolar por medio de la naturaleza, de los libros y de la acción. Queda algo por decir de sus deberes.

Lo son del hombre que piensa. Pueden resumirse en la confianza en sí mismo. El oficio del escolar es alegrar, elevar y guiar a los hombres mostrándoles los hechos en medio de las apariencias. Desempeña la lenta, inadvertida e impagada tarea de la observación. Flamsteed y Herschel, en sus observatorios de cristal, catalogan las estrellas con las alabanzas de los hombres y, al ser espléndidos y útiles los resultados, tienen asegurado el mérito. Pero Las universidades, de igual modo, tienen su cometido indispensable: enseñar lo elemental. Pero sólo pueden servirnos de un modo superior cuando no tratan de inculcar, sino de crear; En el largo período de su preparación, revelará a menudo su ignorancia e incapacidad para las artes populares e incurrirá en el desprecio de los expertos, que lo relegarán. Balbuceará al hablar y a menudo antepondrá los muertos a los vivos. Aún peor, tendrá que aceptar, con demasiada frecuencia, la pobreza y la soledad. A la facilidad y el placer de seguir el camino trillado, aceptar las modas, la educación, y la religión de la sociedad, prefiere la cruz de seguir su camino y aceptar, por su puesto, la abnegación, el descorazonamiento, la recurrente incertidumbre y pérdida de tiempo que son las ortigas y las enredaderas en el camino de la confianza en sí mismo y en su propia dirección, y el estado de hostilidad virtual en el que parece encontrarse en sociedad, especialmente la sociedad educada. ¿Qué compensación hay para todas esas pérdidas y desprecio? Ha de encontrar consuelo en ejercer las más elevadas funciones de la naturaleza humana.

En silencio, con determinación, en su severa abstracción, el escolar se sostiene solo; añade una observación a otra, a pesar del descuido, a pesar del reproche, y espera su oportunidad, feliz por sentir la satisfacción de haber visto hoy verdaderamente algo. El éxito sigue a cada pasa correcto. El instinto le lleva a decirle a su hermano lo que piensa.

Todas las virtudes están comprendidas en la confianza en sí mismo. El escolar ha de ser libre, libre y valiente. Libre incluso de la definición de Libertad, “sin otro obstáculo que no surja de su constitución”. Valiente, porque el temor es algo que un escolar, por su función, deja tras de sí. El miedo surge siempre de la ignorancia.

Creo que el hombre que el hombre ha sido engañado: se ha engañado a si mismo. Casi ha perdido la luz que puede devolverle sus prerrogativas. Los hombres han perdido importancia. En la historia, en el mundo actual, los hombres son insectos, larvas, y los llaman “masa” y “rebaño”. En un siglo, en un milenio, dos o tres hombres, es decir, una o dos aproximaciones al verdadero estado de cualquier hombre.

La avaricia pública y privada hace el aire que respiramos pesado y denso. El escolar es decente, indolente, complaciente. Ved las trágicas consecuencias. Este país enseña a dirigirse a objetos nimios, a devorarse a sí mismo. No hay trabajo más que para el mojigato y el complaciente. Jóvenes de las más hermosas promesas, que empiezan a vivir en estas orillas, henchidos del viento de las montañas, resplandecientes por el brillo de todas las estrellas de Dios, no encuentran la tierra bajo sus pies con esas miras, sino que se ven impedidos de obrar por el disgusto que les inspiran los principios de los negocios, y se vuelven torpes o se mueren de disgusto, suicidas algunos de ellos. ¿Cuál es el remedio? No ven aún, y miles de jóvenes tan esperanzados que ahora atestan las barreras para la carrera tampoco, que si el hombre se planta indomable sobre sus instintos, y se hace fuerte, el mundo entero girará a su alrededor. Paciencia, paciencia; con las sombras de todo lo bueno y grande por compañía, por solaz la perspectiva de nuestra vida infinita y como trabajo el estudio y la comunicación de los principios, hasta lograr que prevalezcan esos instintos, la conversión del mundo.

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