Sobre la educación – Michel De Montaigne

Saber de memoria, no es saber, es sólo retener lo que se ha dado en guarda a la memoria. De aquello que se conoce rectamente se dispone en todo momento sin mirar el patrón o modelo, sin volver la vista hacia el libro. Pobre capacidad la que se saca únicamente de los libros.

Nuestro discípulo tiene mucha más prisa; a la pedagogía no debe más que los quince primeros años de su vida, el resto pertenece a la acción. Empleemos aquel tiempo tan reducido sólo en las instrucciones necesarias; apartemos todas esas sutilezas espinosas de la dialéctica, de que nuestra vida no puede sacar ningún prevecho; hagamos sólo mérito de los sencillos discursos de la filosofía, sepamos escogerlos y emplearlos oportunamente son tan fáciles de comprender como un cuento de Boccacio; están al alcance de un niño recién destetado: más a su alcance que el aprender a leer y a escribir.

Por todas las razones dichas no quiero que se aprisione al niño; no quiero que se le deje a la merced del humor melancólico de un furioso maestro de escuela; no quiero que su espíritu se corrompa teniéndole aherrojado, sujeto al trabajo durante catorce o quince horas, como un mozo de cordel, ni aprobaría el que, si por disposición solitaria y melancólica el discípulo se da al estudio de un modo excesivo se aliente en él tal hábito: éste les hace ineptos para el trato social y los aparta de más provechosas ocupaciones. ¡Cuántos hombres he visto arrocinados por avidez temeraria de ciencia! El filósofo Carneades se trastornó tanto por el estudio que jamás se cortaba el pelo ni las uñas. No quiero que se inutilicen las felices disposiciones del adolescente a causa de la incivilidad y la barbarie de los preceptores.

Del propio modo que los pasos que empleamos en recorrer una galería, aunque ésta sea tres veces más larga que un camino de antemano designado, nos ocasionan menos cansancio, así nuestra enseñanza administrada como por acaso, sin obligación de tiempo ni lugar, yendo unida a todas nuestras acciones, pasará sin dejarse sentir. Los mismos y los ejercicios corporales constituirán una parte del estudio; la carrera, la lucha, la música, la danza, la caza, el manejo del caballo y de las armas. Yo quiero que el decoro, el don de gentes y el aspecto todo de la persona sean modelados al propio tiempo que el alma. No es un alma, no es tampoco un cuerpo lo que el maestro debe tratar de formar, es un hombre; no hay que elaborar dos organismos separados, y como dice Platón, no hay que dirigir el uno sin el otro, sino conducirlos por igual, como se conduce un tronco de caballos sujeto al timón. Y si seguimos los consejos del propio filósofo a este respecto, veremos que concede más espacio y solicitud mayor a los ejercicios corporales que a los del espíritu, por entender que éste aprovecha al propio tiempo de los de aquél en vez con ellos perjudicarse.

El verdadero espejo de nuestro espíritu es el curso de nuestras vidas. Zeuxidamo contestó a alguien que le preguntaba por qué los lacedemonios no escribían sus preceptos sobre la proeza, y una vez escritos por qué no los daban a leer a los jóvenes, que la razón era porque preferían mejor acostumbrarlos a los hechos que a las palabras. Comparad nuestro discípulo así formado, a los quince o dieciséis años; comparadle con uno de esos latinajeros de colegio, que habrá empleado tanto tiempo como nuestro alumno en educarse, en aprender a hablar; solamente a hablar. El mundo no es más que pura charla, y cada hombre habla más bien más que menos de lo que debe. Así la mitad del tiempo que vivimos se nos va en palabrería; se nos retiene cuatro o cinco años oyendo vocablos y enseñándonos a hilvanarlos en cláusulas; cinco más para saber desarrollar una disertación medianamente, y otros cinco para adornarla sutil y artísticamente. Dejemos todas estas vanas retóricas a los que de ellas hacen profesión expresa.

Ahora bien; nosotros que pretendemos formar no un gramático ni un lógico, sino un gentilhombre, dejémosles perder el tiempo; nuestro fin nada tiene que ver con el de los pedagogos. Si nuestro discípulo está bien provisto de observaciones y reflexiones, no echará de menos las palabras, las hallará demasiado, y si no quieren seguirle de grado seguiranle por fuerza. Oigo a veces a gentes que se excusan por no poderse expresar y simulan tener en la cabeza muchas cosas buenas que decir, pero que por falta de elocuencia no pueden exteriorizarlas ni formularlas; todo ello es pura filfa. ¿Sabéis, a mi dictamen, en qué consiste la razón? En que no son ideas lo que tienen en la mollera, sino sombras, que proceden de concepciones informes, que tales personas no pueden desenvolver ni aclarar en su cerebro, ni por consiguiente exteriorizar; tampoco gentes así se entienden ellas mismas: ved cómo tartamudean en el momento de producirse. Desde luego puede reconocerse que su trabajo no está maduro sino en el punto de la concepción, y que no hacen más que dar suelta a la materia imperfecta. Por mi parte creo, y Sócrates así lo dice, que quien está dotado de un espíritu alerta y de una imaginación clara, acertará a expresarse siempre, aunque sea en bergamesco; aunque sea por gestos, si es mudo:

Verbaque praevisam, rem non invita sequentur.

(Lo que bien se concibe se expresa claramente y las palabras para enunciarlo llegan a los labios sin dificultad. HORACIO, Art. poét., v. 311.)

Michel De Montaigne, Ensayos 1580

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