Papá, ¿quién es Tom Sawyer?

Extraído del periódico digital El Mundo:

http://www.elmundo.es/papel/2006/10/27/catalunya/2042955.html

Los clásicos juveniles dejarán de serlo el día que no haya nadie que los lea. entonces serán libros olvidados. Esto puede pasar pronto si no se motiva la lectura, entre los más jóvenes, de las aventuras que tanto entretuvieron a las generaciones ante-riores, las que no tenían televisión en casa.

MAITE RICART

«Hoy en día son una minoría los adolescentes que han leído obras de Dumas, Stevenson, Verne o Twain. Estos libros clásicos han sido substituidos, en gran parte, por obras redactadas por autores juveniles especializados, pendientes de la actualidad más perecedera.A menudo, estas obras contienen una dosis de morbosidad notable: drogadicción, bullying, violencia doméstica, delincuencia juvenil Suelen ser libros con escasa personalidad literaria ». Son palabras del escritor ampurdanés Vicenç Pagès Jordà (Figueres, 1963), que acaba de publicar De Robinson Crusoe a Peter Pan. Un cànon de literatura juvenil, un libro que se justifica, entre otras cosas, por querer paliar en lo posible ese desconocimiento que los jóvenes de hoy tienen de los «clásicos juveniles».Pagès reivindica el derecho de los jóvenes a su dosis de Mark Twain, tal como la tuvieron otras generaciones, hasta que se rompió la cadena en la década de los 80, aproximadamente. A partir de ahí, parece que los clásicos juveniles, aquellos que forman parte del canon de la literatura occidental, han desaparecido de las listas de lecturas obligatorias o recomendadas en los institutos. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué los jóvenes ya no leen estos libros de aventuras? «Pues, por un lado», apunta Pagès, «el tiempo libre del que disponíamos los jóvenes de los años 70 se ha ido diluyendo y, gran parte del que queda ha sido absorbido por el ocio electrónico. Por otro, muchos profesores han abandonado los criterios de calidad: recomiendan libros sencillos, con pocas páginas, que funcionan, aunque apenas puedan calificarse como literatura. Y es peor aún cuando los criterios son de concienciación y se escogen libros sobre la anorexia, la inmigración, etc., escritos con premura y con fecha de caducidad inminente».

Pero, cuando las cosas se tuercen, no es por un solo motivo o no hay un solo culpable, sino varios. Sobre el particular, Josep Francesc Delgado, escritor y también en sus días profesor de instituto, opina que «la televisión tiene mucha parte de culpa, mucha. Es un tópico, pero es cierto, porque el zapping malcría la concentración y potencia la desatención y la telebasura deseduca el gusto. Todo ello va en contra de la lectura y especialmente de los clásicos. Educar al lector actualmente es mucho más difícil que hace 30 años. Los maestros, en este sentido, no tienen la culpa. Nadie los ha preparado para estos cambios tan complicados de afrontar. En cambio, los padres sí que tienen la culpa por permitir que sus hijos miren tanto la tele».

También podría ser que este desencuentro entre los clásicos y los jóvenes fuera culpa de los primeros. Josep Francesc Delgado no lo cree. «Los clásicos universales no tienen la culpa, lo que no quiere decir que no haya que revisarlos. Supongamos que propongo un clásico como lectura en primero de ESO. Tendré que encontrar una versión de 500 palabras para aquel alumno ruso que acaba de llegar; una de lectura fácil para tres o cuatro chicos con problemas de comprensión; una adaptación al cómic para los teleadictos con problemas de concentración; y la versión íntegra para el resto. Todas estas adaptaciones de un clásico no siempre existen o están disponibles en el mercado. En este sentido, cualquier selección de libros no sólo debe describir la obra, sino que también ha de describir al lector potencial que la puede leer con placer. De otra forma, la selección es educativamente inoperante».

Los índices de lectura entre los jóvenes son bajos en casi todos los países, pero un fenómeno como el de Harry Potter ha hecho tambalear algunas verdades universalmente comprobadas. Para Pagès, «los libros de Harry Potter demuestran que muchos jóvenes están cansados de tanto realismo y agradecen que alguien les explique una historia bien tramada que incluya magia y aventuras. También demuestran que a muchos jóvenes no les dan miedo los libros gordos.Considero a J.K. Rowling como una adaptadora, casi una plagiadora de los clásicos juveniles del siglo XIX».

 En este libro, Vicenç Pagès propone un canon de los muchos posibles y, aunque justifica de manera objetiva la elección de los títulos, es su canon, personal e intransferible, aunque con vocación de ser orientativo y útil a los lectores. «Es un libro sentimental», afirma el autor, «he partido de lo que he leído y conocido, y también de lo que he probado con mis alumnos e hijos».


Un canon posible Se trata, pues, de una obra osada, sincera y discutible. Más de uno echará en falta en la selección, por ejemplo, una obra de Dickens, autor incluido en cánones de peso como el de Harold Bloom y que escribió obras consideradas «clásicos juveniles» como David Copperfield. Pero Pagès justifica esta y otras osadías en la introducción.Su selección comienza, cronológicamente, con Robinson Crusoe (1719) y acaba con Peter Pan (1911) pero, en el libro, se ordenan de menor a mayor dificultad de lectura: de El llibre de la jungla a Moby Dick. Para cada obra ha confeccionado una guía muy bien estructurada y fácil de consultar, en la que explica porqué es aconsejable la lectura, y donde consigna datos sobre el autor, la obra y la época, un resumen del argumento, comentarios sobre el estilo, advertencias sobre los problemas de comprensión, así como sugerencias para comentar la obra desde distintos puntos de vista.

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